Estos últimos años solía pasar la Semana Santa en Roma , para participar en el Incontro Romano y vivir unos días cerca del Papa tan en la “cuna” del cristianismo. Pero este año me he quedado en Madrid.

El campanario de ladrillo rojo que como una columna de fuego emerge sobre todo lo demás, ha convertido a Santa María de Caná en punto de referencia para tantas, tantísimas personas, familias enteras de Pozuelo y alrededores. Pero Caná no es solo eso, Caná esconde dentro de sí algo en donde todos han encontrado un lugar donde reciben y también dan, es para ellos luz y guía, es su necesidad.

Fui a Caná a la Vigilia Pascual. Un sin cesar de gente de todas la edades fue llenando la Iglesia hasta abarrotarla. Y allí, bañado con unos tintes algo carismáticos, viví uno de los momento más emocionantes de mi Semana Santa. Acababa de ser la Consagración. Todavía con el Cáliz en alto el sacerdote alzó también la Sagrada Forma y la mostró al pueblo, fue despacio, dando tiempo a mirarla, a hablarle. Silencio. La actitud de rodillas, adorando, como sólo cabe estar ante Dios. Entonces, a una sola voz sonó un himno totalmente desconocido para mi y de una gran belleza:

            Majestad adora a su Majestad…

 

 

Aquello no fue un desbordar de los sentimientos provocado por un ambiente propicio. Fué una clara y firme manifestación de fe que trasciende más allá de los muros de Caná… Lo he visto.