Caminábamos despacio, contemplando y sin prisa, bajo un cielo azul y destellos de sol. Pero aún así fue capaz de llover, no se en que momento pero gracias a eso la luz era más intensa y también por las gotas, perfectas, redondas, tensas que eran cristales de reflejos a todas partes… Y ese olor a jara o a pino o tierra mojada de El Tiemblo, o quizá a todo junto.

Hacíamos foto a todo. A la flor y a los pinos y al ciprés y a nosotras subiendo hasta el mirador desde donde se nos abría imponente el valle del Tietar al que vimos abrazado por montañas de piedra y arbusto… También hicimos fotos de eso y de las nubes acercándose a tapar el sol

Y después, en el Balcón del Tietar, en Pedro Bernardo subiendo, casi trepando por callejuelas, descubriendo encantadores rincones, en un lugar donde el tiempo pasa sólo de puntillas… Y de allí un vídeo quizá.

Y así nos los llevábamos todo. ¿Haría falta volver si todo estaba allí incrustado en una pequeña tarjeta de memoria? ¿qué tiene entonces volver, volver para mirar y a que cada mirada quiera descubrir algo diferente de cada lugar?

Y entonces alguien dijo: “¡Qué pena que no se pueda grabar este olor!”.

Y pensé: “¡Menos mal!