Acabo de volver deTorreciudad.No he estado precisamente de vaciones, más bien han sido unas semanas de una formación algo más intesa en un entorno muy bien escogido.

A los pies del Pirineo, entre una exuberante naturaleza que está dandolo todo de sí, entre cipreses y almendros, campos de amapolas o montañas pedregosas o también cascadas o ríos o valles, Torreciudad está donde se merece, donde un Santuario Mariano no puede tener menos porque dolería a los ojos y donde los ojos de la Virgen se recrean cada vez y siempre y donde Ella a su vez abre sus manos en un derroche continuo a quienes llegan a Torreciudad queriendo o buscando, necesitando o solo por curiosidad. Y es que en Torreciudad siempre se sale ganando

En estos días, quizá porque era mayo, he visto pasar por Torreciudad todo tipo de gente: grupos organizados desde Huesca y Londres, de Teruel, de Francia y de Barcelona y Madrid y andaluces y valencianos. Vivimos el día de la oración por la Iglesia en China y allá que fueron un buen grupo de chinos a rezar con su Virgen china (guapísima, por cierto), rezaban en mandarín. Aparecían moteros que desviaban su ruta por curiosidad y ¡quien sabe en qué acabaría su curiosidad!… si, la Virgen lo sabe. Una pareja, de Madrid, se habían casado hacía unas horas y venían a traer el ramo, en realidad a dejar su Matrimonio, su vida, a los pies de la Virgen… y, y, y…

Hay veces que se llega a tener la seguridad de que es mucho más difícil ser ateo que creer en Dios, ¿no?.