Tengo un olivo en mi jardín.

Suena a canción, pero es que es verdad. Un olivo que además de aceitunas produce una alergia terrible a varias de las personas que viven en mi casa y de paso a otras muchas que vienen por aquí. La gente se pone fatal pero nadie se decide a cortarlo. Alguna vez alguien se ha pronunciado bajito pero… nadie se decide a cortarlo.

Pienso que así es muchas veces nuestra vida. También crecen olivos en nuestros jardines. Crecen problemas que nos agobian, metas a las que nos gustaría llegar, sueños… Se nos caen encima, enredándonos, las ramas de complicaciones, de la resignación y del conformismo. En realidad nos falta decisión para cortar nuestros miedos, para deshacernos de esa premisa de “ante la duda mejor estarse quieto” no vaya a ser que me equivoque.

Hay que lanzarse y hay que actuar.

Muchos caminos son desconocidos, las metas, los sueños llevan -seguro- saltos al vacío, momentos de niebla y riesgo… pero ¿qué vamos a hacer? ¡no nos vamos a quedar en la cama!. Los fallos son parte importante de nuestro aprendizaje ¿como vamos a aprender en lo que no debemos volver a caer? ¿de dónde pensamos que se sacan las experiencias?

Hay que lanzarse y hay que actuar y solo sabremos de lo que somos capaces cuando nos pongamos a ello.

Aunque de momento el olivo sigue en mi jardín.