Hay que aprender a vivir. Cada día hay que aprender a vivir, y eso depende de nosotros.

Lo pensaba estos días de Navidad cuando miraba al Belén, y al Portal y al Niño… y pensaba que quería volver a esas Navidades de la infancia, volver a ser niña, porque pasa que entre los  niños todo es más fácil, más sencillo y hay un idioma común que muchas veces los mayores no entienden.

Es verdad que ya no seremos nosotros los protagonistas de la noche de Reyes, ni caeremos en ese  nerviosismo que nos hacía oir ruidos de camellos en el salón, ni protestaremos cuando los mayores nos manden a la cama en su  fiesta de  Nochevieja. Pero ¿y que?, nos queda el Portal, y nada nos impide acercarnos y mirar.

Podemos mirar ese misterio, esas figuras, ese Niño que nace, un Dios que llora. Mirar el ángel que anuncia siempre su mensaje, día a día, a unos pastores que nunca duermen y que escuchan sin cansancio una y otra vez la Buena Nueva. Y unas lavanderas que no sacan jamás las manos del agua, arrimadas siempre a un río de plata o de cristal o de corcho humedecido. Mirar a  los Magos ofreciendo una y otra vez  los mismos regalos y una y otra vez adoran al Niño…

Hay que aprender a vivir, sí. Pero sobre todo hay que aprender a no acostumbrarse. Aprender que hay ciertas cosas para las que es mejor seguir siendo niño porque hay una lógica que sólo se entiende así.