Hace un par de días que estuve con Marimar y, sinceramente, hoy me cuesta escribir.

Me cuesta poner orden a todo lo que recibí de ella, me cuesta poner nombre a lo que vi en ella y me cuesta pensar en ella sin volver a emocionarme.

Marimar tiene 24 años y estudia Periodismo en la UCM. Lleva desde los 6 en una silla de ruedas por una enfermedad degenerativa que aún no tiene  diagnóstico. Ella dice que acabarán llamándola “la enfermedad de Marimar”.

Siempre admiramos la capacidad que tienen algunos de superarse, de luchar hasta conseguir las metas que se proponen. Pero ver eso en una mujer sentada en una silla de ruedas, que sólo mueve el cuello y la barbilla, que se le complica la salud, a quien le cuesta hablar y a quien hay que hacerle absolutamente todo, es algo excepcional. Marimar ama la vida y no sólo lucha por vivir, lucha por vivirla, por exprimir cada minuto porque sabe que eso es lo seguro y que el mañana es incierto y que el hoy es lo más valioso que tenemos. Marimar no le teme a nada ni a nadie, por eso vive para afuera, “mar afuera”. Afuera para no quedarse a solas con su pena, afuera para darse, para hacer amistades que son firmes porque son desinteresadas, afuera para a yudar a tantos que al acercarse a ella descubren la alegría de dar, y afuera para no callar, para hablar y decir que la propia dignidad sólo se la puede quitar uno mismo cuando se olvida de lo que realmente vale.

Llegué a sentir envidia de Marimar. Envidia por la felicidad que es capaz de transmitir, de aceptarse y quererse y querer lo que le ha tocado. Envidia por el bien que desde esa silla puede hacer a tantos. Sentí envidia y creo que eso es de las cosas grandes que consigue Marimar.

Probablemente la veáis por la UCM, siempre rodeada de amigos y sonriente, muy sonriente.